El hilo de este reino


Este blog ha acompañado el crecimiento de mi humilde obra desde 2008. En él guardo versos improvisados, poemas que amo y letras sueltas, pero todos ellos conforman este puzzle que soy, un ser en crecimiento, una amante de la palabra, un sueño de poeta.
Sandra Gutiérrez Alvez (Salma)

sábado, 7 de noviembre de 2026

Mientras alguien recuerde



Hay una extraña forma de desaparición de la que apenas se habla. No ocurre cuando una persona muere, ni cuando abandona una casa, una ciudad o un país. Ocurre cuando se intenta borrar su recuerdo, cuando se arrancan fotografías de los álbumes, cuando se dejan de contar las historias, cuando los nombres dejan de pronunciarse, cuando se ensucian sus vidas con historias falsas o cuando alguien decide que determinadas vidas ya no merecen ocupar un lugar en la memoria.

He pensado mucho en ello durante los últimos años. Quizá porque he visto cómo ciertas personas han intentado borrar parte de la historia de mi familia. No me refiero únicamente a los documentos, los objetos o las fotografías. Me refiero a algo más profundo: al relato, a la memoria. A cambiar la dirección de ese hilo invisible que une una generación con la siguiente y que permite saber quiénes fuimos antes de llegar hasta aquí.

Resulta sorprendente la facilidad con la que una vida puede ser reducida al silencio: basta con dejar de nombrarla o negar su existencia. Basta con actuar como si nunca hubiera estado allí.

Pero también he descubierto algo, la memoria es más resistente de lo que muchos imaginan y sobrevive en los relatos que escuchamos siendo niños, en una carta olvidada en un cajón, en una fotografía sin fecha, en una expresión que se repite de padres a hijos o en una costumbre cuya procedencia ya nadie recuerda.

La memoria encuentra siempre alguna grieta por la que regresar, aunque quemen las fotos y los objetos, la memoria está ahí, presente. 

Sin embargo, también he aprendido que no todos entienden la memoria de la misma manera, hay quienes creen que una herencia se mide únicamente en dinero, ven una casa y calculan su precio de mercado. Ven un mueble y estiman cuánto podrían obtener por él. Ven una colección de fotografías antiguas y apenas ven papel envejecido.

Todo parece reducirse a una cifra, a una tasación, a una posible venta. Nunca he conseguido verlo de esa manera, quizá porque he aprendido que la memoria también habita en los objetos. No en todos, por supuesto pero sí en aquellos que acompañaron una vida. Una mesa puede ser simplemente una mesa para quien llega después, pero también puede ser el lugar donde una familia celebró cumpleaños, una navidad, un asado del domingo y  compartió preocupaciones o tomó decisiones que marcarían su historia.

Un reloj puede ser solo un objeto antiguo, o puede ser el reloj que acompañó durante décadas a alguien que ya no está. Una herramienta  antigua puede ser el símbolo de un aprendizaje o la herencia de un oficio. 

Una fotografía puede no tener valor económico alguno,  sin embargo, puede contener un instante irrepetible de la historia familiar. Una carta puede valer menos que el sobre en el que fue escrita y aun así conservar una voz que el tiempo ya no puede devolvernos.

Hay personas que ven objetos, otras vemos recuerdos, historias que nos forman.

Algunas desean conservar la memoria, otras desean liquidarla, porque la memoria no es material, la memoria puede vivir en los objetos pero es inmaterial. Y cuando alguien posee un corazón material, la memoria es un "objeto" innecesario. Por eso, cuando alguien quiere venderlo todo, no siempre está desprendiéndose únicamente de bienes materiales, a veces también está contribuyendo a borrar las huellas de quienes estuvieron antes.

Cada fotografía que desaparece, cada documento que se destruye, cada objeto cargado de historia que termina en manos de un desconocido es una página de la memoria familiar que corre el riesgo de perderse para siempre. Porque la memoria no vive solamente en los relatos también vive en las cosas que esos relatos dejaron atrás.

Y quizá esa sea una de las razones por las que resulta tan doloroso ver cómo determinadas personas intentan reducir toda una vida a una cuestión de dinero, porque el dinero puede repartirse, los bienes pueden venderse, las propiedades pueden cambiar de dueño, pero hay algo que no debería tener precio: la historia de quienes nos precedieron, las huellas que dejaron, los recuerdos que construyeron nuestra identidad, las pequeñas piezas que explican de dónde venimos.

Las personas no desaparecen cuando alguien intenta borrarlas, desaparecen cuando nadie las recuerda. Por eso he llegado a la conclusión de que recordar es una responsabilidad, no para vivir anclados en el pasado, no para alimentar resentimiento, sino para conservar la verdad de quienes nos precedieron.

Cada familia posee una historia que merece ser contada con sus luces y sombras, con sus aciertos y errores, con sus grandezas y  miserias. Pero contada.

Porque cuando una historia desaparece, algo desaparece también de nosotros. Somos, en parte, la memoria de quienes estuvieron antes.

Y tal vez la mejor respuesta frente a quienes quisieron borrar esa memoria no sea la confrontación, tal vez sea contarla. Nombrar a quienes fueron silenciados, conservar las pocas fotografías que quedaron, hurgar hasta recuperar sus cartas. Proteger aquellos objetos que todavía guardan una historia. Transmitir a nuestros hijos lo que sabemos. Y aceptar que mientras alguien recuerde, mientras alguien siga pronunciando sus nombres y relatando sus vidas, ningún intento de borrarlos habrá triunfado del todo.

Porque el dinero tiene valor, pero la memoria tiene significado.

Y cuando ambos entran en conflicto, la elección que hacemos dice mucho más de nosotros que cualquier herencia.

Algunos olvidan ciertos hechos por conveniencia. Borran historias por conveniencia. Quizá porque esa forma de actuar les resulta más cómoda que enfrentarse al pasado. No es mi manera de entender la vida, creo que la memoria merece ser preservada, incluso cuando resulta incómoda. Por eso, recuperar la memoria perdida, reconstruir las historias fragmentadas y devolverles el lugar que merecen se ha convertido en un propósito personal.

Continuará...


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Salma

Mientras alguien recuerde

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